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Julio PEREZ SILVA

 
 
 
 
 

 

 

 

 


Alias: "El Psicópata de Alto Hospicio"
 
Clasificación: Asesino en serie
Características: Violador
Número de víctimas: 14
Periodo actividad: 1998 - 2001
Fecha detención: 4 octubre 2001
Fecha de nacimiento: 15 julio 1963
Perfil víctimas: Mujeres entre 14 y 45 años
Método de matar: Golpes con objeto o piedras
Localización: Alto Hospicio, Chile
Status: Condenado a cadena perpetua 26 febrero 2004
 
 
 
 
 
 
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Suprema condena a sicópata de Alto Hospicio

Definitivo: presidio perpetuo calificado a Julio Pérez Silva

La Segunda sala del máximo tribunal rechazó los recursos de casación que había presentado la defensa del imputado.

Carolina Valenzuela - ElMercurio.com

Martes 17 de Octubre de 2006

Un total de 40 años de cárcel sin beneficios deberá cumplir en forma efectiva Julio Pérez Silva, -más conocido como el sicópata de Alto Hospicio-, luego que la Corte Suprema confirmara la condena a presidio perpetuo calificado que le impuso la Corte de Apelaciones de Iquique como autor de los homicidios calificados de 14 adolescentes y un homicidio frustrado.

Por cuatro votos contra uno, la Segunda del máximo tribunal rechazó los recursos de casación en la forma y en el fondo que había interpuesto la defensa de Pérez, con el fin de anular la sentencia de alzada.

Con ello, quedó a firme también la condena a 9 años de presidio por cada una de las dos violaciones que se le imputan.

En su resolución, el tribunal consideró que el fallo de alzada no vulneró las normas de la prueba, como lo planteó en los alegatos de julio pasado el abogado Sergio Ebner, defensor del imputado.

El profesional, quien asumió la defensa de Pérez Silva por turno judicial, solicitó que se le permitiera rendir las pruebas relacionadas con la configuración del cuerpo del delito y la ausencia de participación que el imputado dijo tener.

Ello porque Pérez afirmó reiteradamente durante el proceso que la confesión -la única prueba que lo incriminaba juicio de su defensa- había sido consecuencia de apremios ilegítimos.

El abogado Ebner no ocultó su disconformidad con el fallo. "Prefiero por convicción íntima y no por otra razón, el voto de minoría representado por el Ministro Nibaldo Segura, quien estuvo por declarar nula la sentencia recurrida, al considerar que la denegación de determinadas diligencias probatorias solicitadas por la defensa afectan en esencia su legítimo derecho y conlleva a la invalidez del fallo", afirmó.

Los querellantes, en tanto, valoraron la decisión. "No ha sido un proceso ni un camino fácil para los abogados que hemos representado a las familias, ni para las propias familias, pero con esto ya se cierra un capítulo y se hace, en definitiva y en la medida de lo posible, justicia", dijo el abogado de la Fundación Amparo y Justicia, Alejandro Espinoza.

DOLOR

EL ABOGADO Alejandro Espinoza recordó el dolor de las familias de las víctimas, quienes sufrieron maltrato y discriminación.

 
 

Aplican inédita terapia a "sicópata de Alto Hospicio" para evitar suicidio

En el penal, Julio Pérez Silva cuida a sus catitas, ve películas en DVD, escucha a Marco Antonio Solís y canta karaoke. Cuando está de ánimo juega a la pelota con sus custodios y fabrica gendarmes en papel maché.

Héctor Rojas - La Tercera

02/05/2005

Plantas, pájaros, películas, deporte y artesanía en papel maché son algunos de los componentes de la inédita terapia con la que Gendarmería intenta evitar que Julio Pérez Silva (41), el "sicópata de Alto Hospicio", concrete la decisión de suicidarse.

El penal de Acha, en Arica, está sobrepoblado en un 50%. Pese al poco espacio que hay entre un reo y otro, Pérez -el hombre de mayor complejidad de esa cárcel- tiene espacio suficiente para no cruzarse nunca con otro interno. Por seguridad, sólo puede compartir con sus gendarmes, con quienes, incluso, juega fútbol.

Un recorrido por las celdas de Acha lo dice todo: en el pasillo, junto a sus cosas, el criminal tiene una jaula con tres catitas que cuida con atención. "Zooterapia", comenta escuetamente un gendarme, mientras Julio Pérez Silva se oculta en un calabozo con portón metálico para evitar cualquier contacto con personas ajenas al recinto. También se ocupa de sus jarrones, donde tiene cactus y flores, y bebe té, su bebida predilecta.

En otra de sus celdas -vive en tres-, Pérez ocupa el tiempo mirando televisión. Tiene DVD y una colección de películas como "Rápido y Furioso", "El Aviador", "Hitch, especialista en seducción" y videos musicales: suele escuchar la actuación del mexicano Marco Antonio Solís en el Festival de Viña. Además, tiene un disco para cantar en karaoke, una radio con CD y un Nuevo Testamento.

Llama la atención su taller, de 2 x 3 metros, en el que fabrica figuras de papel maché pintadas con vivos colores, como rojo, verde, amarillo, blanco y azul. Su especialidad: personajes mexicanos, retablos y gendarmes de uniforme verde oliva y lumas en la mano.

Gendarmería quiere mantenerlo ocupado y entretenido. No quiere que se repita lo acontecido en enero del año pasado, cuando Pérez estuvo a punto de ahorcarse.

Trota y juega fútbol

Pérez Silva, condenado por el crimen de 14 mujeres -11 de ellas adolescentes- de Iquique y Alto Hospicio, está "autorizado" a trotar durante una hora dos veces por semana, aunque recientemente, en uno de sus arrebatos emocionales, se negó a seguir con esta práctica. Juega pequeños partidos de baby fútbol con sus custodios (dos jugadores por lado y sin arquero). Claro que no le gusta perder y, si eso ocurre, hace sentir su enojo y deja de hablarles durante días a los gendarmes.

Estas fluctuaciones en su estado de ánimo son las que justifican las rígidas normas de seguridad y el apoyo farmacológico que se le aplica para compensarlo y mantenerlo estabilizado. Además, desde hace poco es visitado por un pastor evangélico.

Sus escasas salidas de la celda son acompañadas de un dispositivo de magnitud. Al gimnasio va custodiado de varios gendarmes. Por su aislamiento, sólo puede ir después de la hora de encierro de los 1.905 reos que ocupan el complejo penitenciario. El equipo de Gendarmería a cargo de su seguridad debe emitir tres informes diarios al jefe de la unidad, comandante Juan Moya. En los reportes se incluyen todas sus actividades e, incluso, su estado de ánimo.

S�lo gracias a las preocupaciones constantes de sus custodios, Pérez Silva ha visto parcialmente estabilizada su precaria condición mental. Hace poco pidió formalmente autorización al jefe del penal para tener "visitas conyugales" con su pareja, Nancy Boero. Tal solicitud fue negada y estaría totalmente fuera de discusión.

Intento de suicidio

El 19 de enero del año pasado Julio Pérez Silva estuvo a punto de morir ahorcado. Con un simple cordón de zapatos enrollado al cuello y un cepillo de dientes para apretar el nudo, sólo lo salvó la reacción de los gendarmes que se percataron de lo ocurrido luego de 15 minutos en los que ocultó su cara con una sábana acostado en su litera. Estuvo hospitalizado por hipoxia cerebral (falta de aire).

De ahí en adelante se intensificaron sus terapias -tiene constantes bajas de ánimo- y su seguridad fue más rigurosa.

Entre septiembre de 1998 y agosto de 2001, Pérez asesinó a Graciela Saravia (16 años), Sara Gómez (18), Ornella Linares (16), Daysi Castro (16), Ivonne Carrillo (15), Macarena Sánchez (14), Angélica Alcayaga (24), Laura Sola (15), Katherine Arce (16), Patricia Palma (17), Macarena Montesinos (15), Viviana Garay (16), Angélica Palape (45) y Gisela Melgarejo (36). A sus víctimas las subía a su colectivo "pirata". Luego las violaba, asesinaba y arrojaba los cuerpos en piques mineros.

 
 

Perfil del asesino Julio Segundo Pérez Silva

La Tercera - Icarito.cl

26 de febrero de 2004

Se mostraba amable y solidario, no tenía vicios y a las mujeres les caía en gracia. Parecía amenazante sólo cuando jugaba fútbol: porque iba con "pierna firme" se ganó el "4" de la Selección Seniors de Iquique. Pero gracias a su triste récord de siete crímenes, Julio Segundo Pérez Silva, el ahora denominado sicópata de Alto Hospicio se convirtió en el asesino en serie más brutal en la historia moderna chilena.

Vivía desde 1997 en el sector de La Pampa de esa localidad, donde nadie recuerda de él el más pequeño indicio que moviera a dudas. Incluso, su vecina Alicia Moreno afirma que era cariñoso con su pareja, la funcionaria municipal Nancy Duero, con quien habitaba una vivienda de cholguanes y nylon. "En abril mi hijo cayó enfermo de hepatitis y el vecino le daba el almuerzo, porque yo trabajaba. Cuando se nos quemó la tele, el niño iba a ver televisión a su casa", dice la señora Alicia.

Siempre callado, a veces Julio Pérez amasaba pan y le convidaba a sus conocidos. Le gustaba hablar de sus tres perros: el "Nacho" -un perro negro que aún merodea el vecindario- la "Duquesa" y el "Hijo", que había bautizado así porque lo quería como tal.

CRIADO EN PUCHUNCAVI

Como casi nunca tocaba asuntos personales, muy pocos sabían que se había criado en Puchuncaví (Quinta Región), donde cursó hasta octavo básico, y que en esas tierras había dejado a su esposa legal, dos hijas y rumores sobre conductas exhibicionistas e intentos de violación que nunca fueron denunciados. Otro de sus acotados temas de conversación eran sus autos. Luego de llegar a Alto Hospicio, trabajó como obrero en una constructora y se compró un Nissan gris metálico.

Posteriormente, laboró en una refinadora de sal, donde se le recuerda siempre como un hombre callado. Al tiempo, cambió el Nissan por un Toyota Corolla blanco. Los dos vehículos están hoy incautados. Varios testigos aseveran que había comentado sus deseos de comprarse un furgón, para que le sirviera de transporte en sus esporádicos trabajos de soldaduras y fierros. Pero estaba cesante y desde mediados de agosto sus únicos ingresos dependían de "piratear" su auto como taxi.

Además de sus perros, su único pasatiempo era el fútbol, donde jugaba siempre en la defensa, pegado a la línea derecha, primero en el club "El Esfuerzo" y luego en la selección senior de Iquique. Hasta fue nominado para representar a la ciudad en un campeonato disputado en 1999. "Era parco, casi no hablaba, pero bueno para las patadas", comenta un ex compañero. "Una vez llegó con el pelo teñido y todos lo molestamos", señala Alexis Moreira, ex camarada suyo en "El Esfuerzo".

Dos vendedoras de una feria cercana recuerdan que siempre iba vestido de jeans y poleras blancas ceñidas, peinado prolijamente e impecable. "Le echábamos tallas por su buena pinta, pero no pescaba", comenta una locataria. Otras veces lo divisaban en su auto, estacionado en una esquina durante horas, como agazapado, o conduciendo en dirección a la pampa, escuchando música ranchera. Ninguno de sus compañeros de equipo sospechaba que los cambios en su pelo eran para ocultar su apariencia. Las locatarias de la feria tampoco supusieron que sus viajes al descampado tenían que ver con las desapariciones de seis escolares y una joven en Alto Hospicio.

DETENCION

Julio Pérez fue detenido en la mañana del miércoles 26 de agosto del 2001, conduciendo su Toyota. Horas antes, una menor de 13 años denunció en la subcomisaría local de Carabineros que un hombre de sus características la había violado y golpeado salvajemente. "Soy el sicópata de Alto Hospicio", le dijo antes de abandonarla en el desierto al creerla muerta. Gracias a unas figuras que colgaban en su parabrisas y a un profundo olor a tintura de pelo, la policía pudo identificarlo. En el calabozo, personal del OS-7 de Carabineros optó por la técnica de quebrar su resistencia mediante interrupciones sistemáticas de sueño cada media hora, encendiendo la luz e interrogándolo de imprevisto. "El objetivo era que alcanzara su punto de estrés para que hablara, por lo que al mismo tiempo se le ofrecía una mano", señala uno de los policías.

El día jueves, Julio Pérez confesó la violación de la niña denunciante, pero mantuvo un meditado silencio sobre sus restantes crímenes durante el viernes y el sábado siguientes. El domingo, conforme cundía su cansancio, reconoció su autoría en tres asesinatos y desapariciones. Enseguida, volvió a sumirse en el mutismo. Sólo el lunes 3 de septiembre del 2001, tras más de 120 horas sin sueño, entregó detalles de como acabó con cada una de las siete víctimas que hasta hoy se le atribuyen, junto con dar a conocer el lugar de dónde estaban los cuerpos. "Nunca lloró ni dijo estar arrepentido. Si nadie sospechó de él es porque rompía todos los parámetros del criminal prototipo", señala uno de sus interrogadores.

FRIO Y VIOLENTO CON SUS VICTIMAS

Según las primeras pericias y su propia confesión, Pérez Silva elegía metódicamente a sus víctimas, sobre la base de un patrón más o menos repetitivo: se trataba de muchachas delgadas, morenas y casi todas de cabellos largos, a quienes vigilaba durante días antes de decidirse a actuar.

Su anzuelo era ofrecerles llevarlas a sus casas o a escuelas como taxista "pirata" y por unas monedas. Cuando las menores ingresaban a su vehículo las amenazaba con un cuchillo y las trasladaba hasta los alrededores de Alto Hospicio. Antes de violarlas, las golpeaba hasta dejarlas inconscientes. Luego, atadas de pies y manos, golpeaba reiteradamente sus cabezas con piedras hasta provocarles la muerte.

Finalmente, las cubría con sacos en basurales o las arrojaba a piques mineros abandonados. Casi la totalidad de las menores reflejan una aplicación de brutal violencia orientada a causarles la muerte. De hecho, varios de los cuerpos presentaban los cráneos destrozados, además de fracturas en costillas. En contraste, las extremidades sólo presentaban lesiones menores, en varios casos producidas por ataduras.

 
 

JULIO PÉREZ SILVA alias El psicópata de Alto Hospicio

Aún no ha sido condenado por la justicia chilena, pero ya acumula 13 procesamientos por homicidio y dos por violación. Está confeso de, al menos, siete homicidios en contra de colegialas del Liceo Eleuterio Ramírez, desaparecidas entre noviembre de 1999 y junio del año 2000.

Fue aprehendido por la policía gracias a que la última de sus víctimas -identificada como Barbarita N. P., de 13 años- logró salir del pique minero en que la arrojó el sicópata tras violarla y golpearla, denunciando el hecho ante las autoridades.

Este fue el hilo conductor que llevó a Investigaciones a revisar los numerosos pozos de mineral que hay en las cercanías de Alto Hospicio, en la Primera Región, y basurales clandestinos. De esta forma, se encontraron 13 cuerpos de mujeres ultrajadas y otra víctima que pudo salvar con vida, la cual fue identificada como Maritza C.R. de 14 años.

Este es uno de los psicópatas en serie chilenos que más crímenes registra en su prontuario policial, hecho que sin duda lo situará en la historia como uno de los delincuentes más calculadores y despiadados del país.

Según consta en los abultados procesos judiciales que llevan en su contra la ministra en visita Eliana Ayala y el juez especial Hernán Sánchez Marré, los crímenes de Pérez Silva eran preparados con mucha anterioridad. Los horarios de las colegialas fue acuciosamente estudiado por el sujeto, quien realizaba largas rondas por la mañana y la tarde en las cercanías del establecimiento educacional.

En cuanto a sus víctimas menores de edad, todas respondían a un mismo patrón físico: escolares, morenas y de pelo largo. El Psicópata les ofrecía amablemente llevarlas hasta sus casas o al liceo, para después raptarlas, ultrajarlas y asesinarlas lanzándoles piedras al interior de los piques o en sitios eriazos.

 
 

El Psicopata del Alto Hospicio

elpuente.canal13.cl

Julio Peréz Silva, el psicópata de Alto Hospicio. Hace un tiempo, en la localidad nortina de Alto Hospicio, una decena de jovencitas fueron sistemáticamente secuestradas violadas y asesinadas por un tranquilo vecino del que nadie sospechaba absolutamente nada.

Guido Utreras pasaba por la carretera cuando vio a una estudiante tapada en sangre haciendo dedo. Atónito retrocedió a buscarla. Ella le rogó que la llevara al hospital porque un caballero en un auto blanco había intentado violarla. Se trataba, nada menos, que del denominado sicópata de Alto Hospicio. Unas cuántas horas después de este encuentro, aquella niña, conocida hasta ahora sólo como Bárbara N, de 13 años, acabó con la historia criminal de Julio Pérez Silva, el peor asesino en serie de la historia de Chile. Fue el 4 de octubre del año 2001.

Pero, ¿quién es este silencioso desconocido que violó y mató sin dejar huellas, sin despertar sospechas? ¿Qué lo llevó a repetir, al menos nueve veces, un ritual de muerte que durante casi tres años logró esconder en la paupérrima soledad de Alto Hospicio?

El hombre menos pensado

Sus inicios se remontan a Puchuncaví. Guillermina Cisternas, una ex vecina de Pérez Silva en esa localidad, estuvo muy pendiente de las noticias la noche de la captura del sicópata de Alto Hospicio. "Me di cuenta que era él, sin que nadie me lo dijera. Lo conocí por su cuerpo. No se veía su rostro porque lo traía tapado con un poncho. Sabíamos que estaba en Iquique, así que por eso sabíamos que era él".

El "Segua", como le decían en su infancia, pasó la mayor parte de sus 38 años entre las calles de Puchuncaví. María Pérez, directora, en ese entonces, del colegio donde estudió, dice que siempre lo vio como un alumno tranquilo, callado e introvertido. "Teníamos un grupo de la cruzada eucarística, cuyo lema es oración, sacrificio y apostolado, nada que ver con lo que pasó, y él participaba."

Julio Pérez Silva se casó a los 22 años con Mónica Cisternas, oriunda de La Calera, y tuvieron dos hijas. Luego, convivió 5 años con Marianela Vergara, quien ya tenía otras dos hijas. Con ella regresó a Puchuncaví y cosechó fama de buen esposo. A mediados de los noventa emigró a Iquique buscando mejores oportunidades de trabajo. Comenzó
cargando sacos de sal.

En una fiesta conoció a Nancy Boero, 14 años mayor que él y con 6 hijos. A las dos semanas ya vivían juntos y luego se establecieron en Alto Hospicio, en un sector conocido como La Negra. Más tarde se cambiarían a Autoconstrucción, otro sector de la localidad. Al poco tiempo, abandonó los sacos de sal y empezó a operar como taxista pirata ocasional. El tímido "Segua" de Puchuncaví era otro al volante.

Su lado oscuro

El 17 de septiembre de 1998, recogió en la costanera de Iquique a Graciela Montserrat Saravia, de 17 años. Según su confesión, le ofreció dinero a cambio de sexo. Todo iba bien hasta que ella habría intentado robarle. Enfurecido, la golpeó hasta matarla y la abandonó en una playa.

Lavado y peinado, como lo haría siempre después de cada ataque, Julio Pérez siguió dedicándose a su casa y a sus vecinos como un hombre modelo.

El 24 de noviembre de 1999 le ofreció a Macarena Sánchez, de 13 años, acercarla en su auto hasta el liceo. Luego de amenazarla con un cuchillo y violarla, le amarró las manos arrojándola al interior del Pique Huantajaya.

Como siempre, aquel día, Pérez Silva estaba de regreso en su casa temprano, borrando huellas de su cuerpo, del auto y de su ropa. Nada extraño en un hombre casi obsesivo por el lavado.

En el verano de 2000 algo detonó en el interior de este hombre. En febrero atacó dos veces en menos de una semana. Primero fue a Sara Gómez. Tres días después, a Angélica Lay, una promotora de teléfonos celulares de 23 años.

Una y otra vez, Julio Pérez Silva repitió la misma rutina. Más de una vez cambió su peinado, agregó o eliminó su barba o se tiñó unas cuántas canas. Viendo televisión junto a Nancy se topó a menudo con algún noticiario donde la desaparición de las niñas de Alto Hospicio ya comenzaba a estar en los titulares.

El jueves 23 de marzo del año 2000, un mes después del cuarto asesinato, la hija de Delia Henríquez no regresó a casa. Se llamaba Laura Zola y tenía 14 años. Fue la quinta víctima del sicópata de Alto Hospicio. Luego, el 5 de abril, el temido auto blanco que ya había perseguido más de una vez a María Eugenia Rivera se llevó a su hija, Katherine Arce. Pérez Silva la violó y la enterró en un basural clandestino.

Sus últimos golpes

La mejor aliada de "el Segua" fue aquella versión que decía que las jóvenes desaparecidas se habían ido por dejar atrás la pobreza de Alto Hospicio. La policía manejaba sus propias teorías y circularon informes oficiales con las más graves acusaciones.

Pistas falsas, versiones equivocadas y hasta misteriosas llamadas de auxilio encaminaron la búsqueda en la dirección equivocada hacia Perú o Bolivia. El 22 de mayo del 2000, Patricia Palma, de 17 años salió del colegio rumbo a su casa. Fue en ese momento cuando Julio Pérez la raptó para luego matarla.

Diez días más tarde volvió a atacar. Violó y asesinó a Macarena Montecinos en el sector de Pampa El Molle. Y luego, el 2 de julio, interceptó a Viviana Garay a quien también mató de un golpe en la cabeza. Pero esta vez, la desaparición de Viviana generó la más intensa reacción que el sicópata había encontrado en toda su carrera criminal. El padre de la niña, Orlando Garay, movilizó a las demás familias afectadas. Sólo entonces el hecho se convirtió en noticia, por lo que los crímenes se detuvieron.

"El Segua" dejó de atacar durante más de nueve meses, pero el 17 de abril de 2001 ya no pudo contenerse. En el sector de la Autoconstrucción interceptó a una menor de 16 años identificada como Maritza. La amenazó con un cuchillo y la violó. Mientras él escapaba, Maritza regresó a su casa. La llevaron al hospital, donde le extrajeron muestras de semen del agresor, que nunca pudo ver en la oscuridad.

Meses más tarde, cuando lo detuvieron, ella reconoció su voz. Compararon las muestras de ADN y resultaron idénticas. El 3 de octubre de 2001, Julio Pérez Silva cometió el último de sus ataques. Fue el día en que Bárbara N sobrevivió, el día en que Alto Hospicio supo que había un asesino entre ellos.

Fue detenido horas después y sin inmutarse, admitió asesinatos y violaciones. Confesó haber actuado solo y nunca alegó demencia. Poco a poco, Pérez Silva aportó los datos necesarios para localizar los cadáveres de sus víctimas. El rastreo de estos no estuvo excento de sorpresas. El cuerpo de Angélica Lay fue un hallazgo inesperado pues su nombre no figuraba entre las mujeres oficialmente perdidas.

Hasta ahora (2002), han surgido nombres de otras cinco jóvenes y mujeres adultas desaparecidas en la zona de Alto Hospicio entre abril de 1999 y agosto del 2001. Sin embargo, "el Segua" asegura no saber nada de ellas.

¿Por qué lo hizo? Ésa es la pregunta que atormenta a todas las familias que perdieron a una hija en manos de aquel hombre que escondía en su mente a un monstruo. Es también una pregunta que se repiten jueces y abogados, tratando de armar el enigmático rompecabezas que Julio Pérez Silva se rehusa a componer en su totalidad. Su respuesta ante el juez ha sido siempre "No sé por qué lo hice".

 
 

Julio Pérez Silva, "El psicópata de Alto Hospicio"

Oriundo de Puchuncaví, se dice de él que era un tipo tranquilo, callado, e introvertido. Con 22 años se casó con una calerana, Mónica Cisternas, con quién tuvo 2 hijas. El matrimonio no duró mucho, y comenzó a convivir con Marianela Vergara quien también tenía dos hijas. Con ella regresó de La Calera a vivir a Puchuncaví, donde dicen que se comportaba como un buen marido.

A mediado de los noventa, Julio se aburre y decide ir a buscar trabajo a Iquique. Dedicado a cargar sacos de sal en un comienzo, conoce en una fiesta a Nancy Boero. Ella, 14 años mayor y con 6 hijos, decide convivir con él después de dos semanas de conocerlo, y luego se mudan a Alto Hospicio.

Allá dejó de cargar los sacos de sal, y se transformó en taxista pirata.

Y se transformó en algo más...

17 de septiembre de 1998, un día antes de fiestas patrias, recoge en la costanera de Iquique a Graciela Montserrat Saravia. Aparentemente la joven de 17 años le despertó el apetito y le ofreció dinero por sexo. Según su confesión, todo iba bien hasta que la chica intentó robarle.

Nuestro Julio perdió el control, la golpeó hasta la muerte, y la dejó en una playa.

En un modus operandi propio de sus ataques, Julio después de cada asesinato se baña, peina, y continúa siendo el vecino y padre de familia ejemplar que era.

El 24 de noviembre de 1999, le ofrece a Macarena Sánchez, de 13 años, un acercamiento al liceo. Aquí Julio cruza una línea simbólica: ya no hay ofrecimiento de dinero, ya no hay un robo que enfurece. Julio la amenaza con un cuchillo, la viola, le amarra las manos y la tira a un pique minero.

En febrero del 2000 da otro paso más: ataca a Sara Gómez y tres días después a Angélica Lay. El tiempo entre sus ataques se había reducido a menos de una semana.

El psicópata ya estaba desatado.

23 de marzo del mismo año, y viola y asesina a Laura Zola de 14 años.

El 5 de abril viola y asesina a Katherine Arce. Entierra su cadáver en un basural clandestino.

22 de mayo: rapta y asesina a Patricia Palma. 10 días más tarde viola y asesina a Macarena Montesinos.

El 2 de julio es el turno de Viviana Garay, a quien mata de un golpe en la cabeza.

Sin embargo, el papá de esta niña agrupó a todas las familias que estaban sufriendo lo mismo, y el tema pasó a ser noticia. Esto puso al "Segua" (como le decían en Puchuncaví), en un "letargo" de 9 meses.

Aguantó hasta el 17 de abril del 2001.

Esa madrugada, todavía sin luz, amenazó con un cuchillo a Maritza de 16 años, y la violó. Sin embargo no la asesinó, las luces de un auto -cuando le iba a arrojar una roca sobre la cabeza de la niña- lo hicieron huir. Maritza, que no pudo ver a Julio, fue llevada a un hospital, donde le extrajeron muestras de semen del "Segua".

El cerco comenzaba a cerrarse.

El 3 de octubre comete el ataque final: Bárbara N de 13 años logra sobrevivir al ataque y evitar su violación. Horas más tarde, Julio Pérez Silva es detenido.

Admitió sus asesinatos, indicó el lugar donde había puesto los cadáveres, y nunca alegó demencia.

Su voz fue reconocida por Maritza, y la muestra de ADN fue concluyente.

Finalmente, Julio confesó 14 homicidios calificados, 2 violaciones, y un intento de asesinato. La sentencia dada en febrero del 2004 lo condenó a 70 años que cumple en la cárcel de alta seguridad de Arica, aislado, con cámaras para evitar un segundo intento de suicidio, visitado semanalmente por Nancy, su pareja.

 
 

Los crímenes de Alto Hospicio

Por Pili Abeijon

El 29 de noviembre de 1999, Macarena Sánchez, de 14 años, salía de su casa con la intención de dirigirse al Liceo Eleuterio Ramírez dónde estudiaba 8º básico, cuando una persona en un automóvil blanco, posiblemente un taxi clandestino, le propuso llevarla a su escuela por poco dinero. Como las líneas de autobuses son irregulares en el pueblo y la joven temía llegar tarde, aceptó subir al vehículo. Nunca más fue vista con vida.

Lo mismo le ocurrió el 23 de marzo de 2000 a Laura Zola Henríquez, de 14 años, y el 5 de abril a Catherine Arce Rivera (16 años), el 22 de mayo a Patricia Palma (17 años), el 2 de junio a Macarena Montecinos (15 años) y el 30 de junio a Viviana Garay Moe (16 años).

Los padres de estas jóvenes denunciaron las desapariciones en la comisaría de policía de Alto Hospicio, pero los meses fueron pasando y nadie aportaba pistas sobre su posible paradero.

La primera hipótesis que barajaron las autoridades, según revela uno de los primeros informes de los Carabineros de septiembre del 2000, fue que se habían fugado a causa de malas relaciones entre padres e hijos motivadas principalmente por posibles situaciones de violencia familiar a la que se añadiría la extrema pobreza de las familias que pueblan la región de Alto Hospicio, pero la hipótesis que se vino pronto abajo. Los padres negaron en todo momento que hubiese habido malos tratos, y lo demostraron posteriormente en su incesante lucha estos dos años de búsqueda para tratar de recuperar a las jóvenes.

La segunda hipótesis que se barajó, fue que se trataba de un caso de trata de blancas en países limítrofes como Perú y Bolivia. La posibilidad de que una red de prostitución estuviese secuestrando a menores llevó incluso a la policía chilena y a los familiares de algunas de las niñas a investigar varios prostíbulos de esa zona buscando algún indicio, pero tampoco se obtuvo resultado alguno.

El tiempo seguía apremiando y ante el poco éxito de las investigaciones policiales se solicitó la intervención directa del presidente Ricardo Lagos para que agilizase las pesquisas, por lo que éste designó una Comisión Policial Especial que se encargase exclusivamente de la búsqueda de las desaparecidas, aunque las autoridades se negaron a nombrar un fiscal que investigara el caso porque lo seguían considerando más como un problema social que un asunto policial.

Puede resultar sorprendente que no hubiesen pensado que podía tratarse de un caso de homicidios en serie o por lo menos en secuestros premeditados habiendo tantas coincidencias: por un lado, todas las desaparecidas eran adolescentes de entre 15 y 17 años, todas estudiaban en el mismo instituto, todas tenían el pelo largo y oscuro y todas desaparecieron en un plazo de siete meses. Por lo menos esos indicios parecían apuntar a que alguien escogía a sus víctimas según unas características concretas.

Fue tan sólo en septiembre de este año 2001, un año y nueve meses después de la primera desaparición, que los Carabineros redactan un informe indicando que podía tratarse de un caso de asesinato: “es posible un hecho criminal relacionado con un modus operandi psicopático, lo que adquiere mayor vigor al no ser encontradas las menores y al no haber recibido de parte de ninguna de las seis señales de su condición. Se debe considerar que pueden haber participado una o más personas y que las desapariciones correspondan a una serie de homicidios...”.

Tan solo dos semanas después se confirmaría el informe. El jueves 4 de octubre una niña de 13 años entraba en la Subcomisaría de Alto Hospicio con síntomas de haber sido golpeada brutalmente. Allí denunció a los policías cómo un hombre en un automóvil blanco la había recogido en la puerta del liceo para llevarla a casa, pero que a medio camino se había desviado y la condujo a las afueras del pueblo amenazándola con un cuchillo. Luego la violó y tras decirle que “él era el psicópata de Alto Hospicio y ella su víctima número trece”, la golpeó hasta que la dio por muerta. Posteriormente la arrojó a un pozo de 50 metros de profundidad en una mina a unos 20 km de Iquique, en donde estuvo cinco horas inconsciente hasta que pudo salir y llegar por sus propios medios al pueblo. Con la descripción que facilitaría la niña de su agresor pudo ser detenido Julio Pérez Morales Silva, de 38 años, propietario de un Toyota todo terreno color blanco.

Julio Pérez no tiene antecedentes penales. Aunque desde que ha sido detenido hay vecinos que lo defienden señalando que nunca le observaron muestras de comportamiento extraño, otros dicen conocer sus acciones como exhibicionista y que habría violado a dos estudiantes hace algunos años en su pueblo natal de Puchuncaví, pero no se ha podido demostrar nada de esto.

El acusado no se inmutó cuando lo detuvieron.

Posteriormente en la Subcomisaría mantuvo a los policías que lo interrogaron en un juego psicológico que muestra no solo su frialdad sino también la seguridad que tiene sobre sus actos, actitud muy típica en un psicópata.

En un primer momento negó cualquier cargo. Tras la insistencia y los duros métodos de interrogación de los agentes, al día siguiente su postura cambió y se tornó desafiante. Sin embargo, el tercer día asumió la violación e intento de homicidio de la niña de 13 años. No satisfechos de la confesión, los Carabineros continuaron interrogándole hasta que el detenido reveló dónde estaban los cuerpos sin vida de las otras jóvenes que había secuestrado. Un total de siete cadáveres, que resultaron ser los de las niñas desaparecidas más el de Angelica Lay Alcayaga, una joven de 24 años madre de una niña de seis que faltaba de su domicilio desde el 24 de febrero del 2000.

Por el momento no se descarta que Pérez haya cometido más crímenes, pues en febrero del mismo año se encontró en esa zona el cadáver de Sara Gómez, de 18 años, aunque todavía no se ha podido demostrar que la muerte está relacionada con el psicópata de Alto Hospicio.

Si analizamos su modus operandi y la total premeditación con la que actuaba, refleja que estamos ante un asesino en serie organizado.

Antes de cometer un crimen se preparaba psicológicamente y físicamente, se dejaba crecer la barba para evitar que algún testigo le reconociese y a veces se teñía el pelo. También ahorraba algo de dinero para nuevas fundas para el coche, dado que las suyas quedarían manchadas de sangre. De preferencia actuaba los viernes para entorpecer las denuncias y estudiaba los recorridos de las patrullas policiales. En todos los casos vigilaba unos días antes a la joven que elegía según su particular patrón, luego la abordaba cuando iba o volvía de la escuela, y simulando que era un taxi clandestino se ofrecía a llevarla a casa. Una vez en el vehículo ponía los seguros y la amenazaba con un cuchillo para llevarla a las afueras en dónde la violaba y la estrangulaba o la golpeaba con piedras.

Antes de matarlas entablaba una conversación con ellas y al rato las agredía verbalmente y comenzaba a golpearlas. Luego las cubría con sacos, las arrojaba al pozo de la mina y las remataba arrojándoles piedras. Periódicamente realizaba reconocimientos de los lugares donde sepultaba a sus víctimas para ver si todo estaba en orden.

Otros rasgos de su personalidad claramente psicopática es el hecho de que guardase los recortes de prensa en su casa con las fotos de las niñas desaparecidas. Un asesino que guarda objetos personales de las víctimas a modo de “trofeos”, recortes de prensa como en este caso o que frecuenta el lugar de los hechos, no sólo le sirve de estimulación sexual al recrearse mentalmente en el acto una y otra vez, sino que además alimenta su propio ego creyéndose mucho más inteligente que la policía y el resto de la sociedad que siguen su rastro sin lograr atraparle.

También resulta muy típica en la psicopatía su arrogancia, su egocentrismo y su narcisismo. Los agentes que lo han interrogado han podido comprobar sus aires de superioridad, su elocuencia y lo mucho que cuida su imagen, siempre impecablemente peinado y vestido, para ser bien apreciado por la sociedad y tratar de caer simpático. El psicópata suele tener una autoestima muy elevada y se muestra seguro de lo que hace y dice en todo momento porque se cree un ser superior, se rige por sus propias normas y no es capaz de concebir que pueda estar equivocado o que otras personas tengan opiniones diferentes a las suyas.

Desde que está detenido no ha dado muestras de arrepentimiento alguno, más bien parece sentirse orgulloso de sus acciones. Aparentemente está muy tranquilo y no muestra estados depresivos o de ansiedad. Está aislado y bajo protección por las amenazas de muerte recibidas tanto por familiares como por los demás reclusos que juraron cobrar venganza si no se le aplicaba la pena de muerte, abolida en Chile a principios de este año. (Por temor a que fuese envenenado ha estado comiendo lo mismo que los policías del establecimiento penitenciario).

Julio Pérez vivía en Alto Hospicio desde 1993. Nació el 15 de julio de 1963 en Puchuncaví y a los 22 años se casó con su primera mujer, Mónica C., con la que tuvo dos hijas 16 y 12 años. El matrimonio duró cuatro años, y luego se juntó con una asesora del hogar llamada Marianela V.

Posteriormente se trasladó a Alto Hospicio buscando una mejora laboral y allí convivía con una funcionaria municipal dedicada a las tareas sociales que nunca sospechó la doble vida que llevaba su pareja. Lo único que le parecía extraño era cuando Pérez la llevaba repetidas veces de paseo a zonas desoladas en la periferia de las ciudades donde había vivido, pero no podía imaginar que en esos lugares se encontraban enterradas las niñas que asesinaba.

Su padre, obrero, falleció hace dos años de cáncer y su madre cuida enfermos y realiza labores domésticas. Tiene además cinco hermanos, cuatro varones y una hembra.

Sus ex compañeros de trabajo dicen que era un hombre amable y que reía con facilidad, pero que le costaba relacionarse con los demás por su carácter solitario y callado.

Cuando un asesino como el de Alto Hospicio parece no tener remordimientos ni sentimientos de culpa y confiesa cosas como esta: “a veces me arrepiento y a veces no, pero eso no importa ahora porque ya estaban muertas”, no es del todo cierto. En todos los estudios realizados con este tipo de depredadores se observa que no tienen remordimientos por lo que han hecho a las víctimas ni se preocupan por las consecuencias, y cuando dicen lo contrario es simplemente para dar una buena imagen.

Los exámenes que le ha realizado la psiquiatra Inge Onetto del Departamento de Medicina Legal de la Universidad de Chile, (quién ha participado en el análisis psiquiátrico de Pinochet a principios de este año cuando lo procesaron como autor y/o como encubridor en los delitos de homicidios calificados, aplicación de tormentos, lesiones graves, etc.) demuestran que el acusado es imputable porque es plenamente consciente de lo que hizo y que está en su sano juicio.

Según el perfil psicológico realizado por el equipo de psiquiatría del Servicio Médico Legal Metropolitano, el acusado tiene una personalidad psicopática con trastorno bipolar. Este trastorno consiste en que Julio López poseería dos personalidades opuestas y que puede mostrarse como una persona extremadamente tranquila en el estado depresivo, pero cuando aflora su ego puede actuar con alevosía y premeditación extrema en el estado maníaco.

No quiero decir que estén equivocados con este diagnóstico, por que sí es cierto que el trastorno bipolar en su estado maníaco se ajusta a la personalidad de nuestro asesino: la irritabilidad, las ideas de grandeza y el ansia de realizar actos temerarios sin preocuparse por las consecuencias, pero tengo la impresión de que el hecho que haya confesado cosas como que durante los ataques perdía la noción del tiempo y actuaba contra sus víctimas sin medir fuerzas ni medios es otra de las artimañas del psicópata como manipulador y está tratando de mostrarse él mismo como una víctima, como un enfermo mental, cuando tiene todas los rasgos de un psicópata puro. No me extrañaría nada que en estos momentos, o en breve, empezase a mostrar una conducta modélica para convencer a los psiquiatras que ha cambiado y lo rápidamente que puede progresar para reinsertar en la sociedad.

Mientras el acusado sigue detenido en su celda, custodiado por tres guardas y encadenado para evitar cualquier intento de evasión o suicidio, la indignación por la muerte de las niñas no desaparece en el pueblo de Alto Hospicio, sino que parece aumentar con el paso de los días.

Se está hablando de la discriminación existente hacia las personas con menos recursos económicos, y hasta el presidente de la Corte Suprema ha reconocido que existen ese tipo de diferencias por el simple motivo que el dinero acelera las pesquisas.

Para el subsecretario del interior Jorge Correa Sutil, el error está en haber descartado hipótesis antes de tiempo y por su parte, el ministro del interior trata de explicar lo sucedido y ha recordado que muchas veces ese tipo de crímenes son descubiertos porque a los autores se les detiene casualmente por otros delitos, cosa que es absolutamente cierta pero no disculpa la mala actuación policial.

Mientras el caso sigue abierto tratando de identificar algún posible cómplice del psicópata, en estos momentos en el pueblo de Alto Hospicio se mantiene una sensación de indefensión general.

 
 

En su confesión, Julio Pérez ha demostrado gran frialdad y animadversión hacia sus víctimas

La Tercera - Icarito.cl

12 de octubre de 2001

El criminal pasaba días estudiando los recorridos de las niñas antes de ofrecer llevarlas y no se descarta que algunas hayan sido elegidas deliberadamente.

El modus operandi de un sicópata es lo más característico de su accionar, donde la violencia y frialdad de sus actos son los patrones repetidos en cada ataque. En el caso de Julio Segundo Pérez Silva, sus atroces crímenes en serie perpetrados contra menores en edad escolar lo ratifican como uno de los asesinos más calculadores y despiadados de los investigados por la policía chilena.

Fuentes cercanas a los interrogatorios indican que sus crímenes eran preparados con anterioridad, donde el aprendizaje de los horarios de las niñas fueron cuidadosamente estudiados por el sicópata, sin descartar que las haya elegido una a una.

Las largas rondas que Pérez realizó por mañanas y tardes por las cercanías del Liceo Eleuterio Ramírez son prueba clara de su fijación por escolares, morenas, de pelo largo y de semblante parecido.

Según los primeros estudios sicológicos, dentro de sus violentos cambios de personalidad se encuentra una faceta dulce y amable que afloraba en las mañanas, cuando invitaba cordialmente a las niñas a subir a su automóvil para llevarlas hasta el colegio por 100 pesos.

Sin embargo, los ataques perpetrados de noche habrían sido más violentos, obligando a las jóvenes a subir a uno de los dos autos que utilizó (un Nissan gris metálico y un Toyota blanco) amenazándolas con un cuchillo.

Uno de los rasgos más fuertes del asesino, y que ha llamado la atención de policías y gendarmes, es la extrema frialdad con que se refiere a los asesinatos de las niñas.

"A la flacuchenta la dejé por allá" y "esa otra está en el pique", son las palabras con que se expresó ante la policía.

En la cárcel, él hombre ha mostrado total conciencia de su situación y de lo obrado, sin manifestar hasta ahora rasgos de arrepentimiento o haberse quebrado en llanto.

Engaños y golpes

Cuando las menores ingresaban a su vehículo, las conducía mediante engaños hasta algunos puntos aledaños a Alto Hospicio, en donde procedía a golpearlas dejándolas inconscientes. Entonces, las ataba de pies y manos para violarlas en el interior del vehículo.

Una vez culminado el ultraje, Pérez llevaba a sus víctimas en estado inconsciente hasta el lugar en donde determinaba ocultarlas envueltas en sacos y aún atadas.

Allí golpeaba sus cabezas de forma reiterada para terminar tapándolas con rocas, enterrándolas o lanzándolas a los piques.

Finalmente, procedía a limpiar su automóvil de las evidencias como restos de sangre, cabellos y otras pertenencias de las menores.

Casi la totalidad de las menores reflejan signos de violencia desmedida en contra de sus cuerpos, pues sus cráneos están destrozados, las costillas rotas, brazos quebrados y una serie de fracturas menores que denotan la brutalidad y ensañamiento con que procedía el sujeto en cada uno de sus crímenes.

Regalos

Dentro de los rasgos de perfil de Pérez, un dato de su infancia -que aún recuerdan sus vecinos de Puchuncaví, Quinta Región- era la homosexualidad que habría evidenciado en la adolescencia.

En el barrio donde residía, sus vecinos aún recuerdan su extrema cercanía a una hombre mayor que lo llamaba "mi amor" y le hacía costosos regalos como ropa y una bicicleta.

¿GOLPES DE TERCEROS?

Según los primeros peritajes, los cuerpos de Viviana Garay y Angélica Lay aún presentarían rasgos definidos ya que estaban en un cierto estado de momificación gracias a la sequedad del ambiente. El resto, ya estaba sin restos de piel u órganos, en un mayor estado de descomposición.

Sobre las lesiones que presentan, se señaló que hay fuertes contusiones en la zona craneana y tronco, atribuibles a golpes de puño, pies y elementos contundentes como rocas o fierros.

Además, los tanatólogos habrían llegado a la conclusión de que el carácter de algunas heridas podría atribuirse a la acción de terceros, anteriores o coetaneas a la muerte del las víctimas.

Respecto de daños en las extremidades, se señaló que estas son de menor consideración, correspondientes a marcas de ataduras.

 
 

La vida del sicópata de Alto Hospicio

El asesino múltiple es descrito como amable y muy solidario con sus vecinos

Ministra en visita que investiga los crímenes y violaciones de siete mujeres en esa localidad de Iquique lo declaró reo como autor de la violación de la menor de 13 años

B.N.P. Javier Ortega / Enviado especial a Iquique

La Tercera - Icarito.cl

13 de octubre de 2001

Se mostraba amable y solidario, no tenía vicios y a las mujeres les caía en gracia. Parecía amenazante sólo cuando jugaba fútbol. Porque iba con "pierna firme" se ganó el "4" de la Selección Seniors de Iquique. Pero gracias a su triste récord de siete crímenes, Julio Segundo Pérez Silva, el ahora denominado sicópata de Alto Hospicio se convirtió en el asesino en serie más brutal en la historia moderna chilena.

Vivía desde 1997 en el sector de La Pampa de esa localidad, donde nadie recuerda de él el más pequeño indicio que moviera a dudas. Incluso, su vecina Alicia Moreno afirma que era cariñoso con su pareja, la funcionaria municipal Nancy Duero, con quien habitaba una vivienda de cholguanes y nylon. "En abril mi hijo cayó enfermo de hepatitis y el vecino le daba el almuerzo, porque yo trabajaba. Cuando se nos quemó la tele, el niño iba a ver televisión a su casa", dice la señora Alicia.

Siempre callado, a veces Julio Pérez amasaba pan y le convidaba a sus conocidos. Le gustaba hablar de sus tres perros: el "Nacho" -un perro negro que aún merodea el vecindario- la "Duquesa" y el "Hijo", que había bautizado así porque lo quería como tal.

Como casi nunca tocaba asuntos personales, muy pocos sabían que se había criado en Puchuncaví (Quinta Región), donde cursó hasta octavo básico, y que en esas tierras había dejado a su esposa legal, dos hijas y rumores sobre conductas exhibicionistas e intentos de violación que nunca fueron denunciados.

Otro de sus acotados temas de conversación eran sus autos. Luego de llegar a Alto Hospicio, trabajó como obrero en una constructora y se compró un Nissan gris metálico. Posteriormente, laboró en una refinadora de sal, donde se le recuerda siempre como un hombre callado. Al tiempo, cambió el Nissan por un Toyota Corolla blanco. Los dos vehículos están hoy incautados.

Varios testigos aseveran que había comentado sus deseos de comprarse un furgón, para que le sirviera de transporte en sus esporádicos trabajos de soldaduras y fierros. Pero estaba cesante y desde mediados de agosto sus únicos ingresos dependían de "piratear" su auto como taxi.

Además de sus perros, su único pasatiempo era el fútbol, donde jugaba siempre en la defensa, pegado a la línea derecha, primero en el club "El Esfuerzo" y luego en la Selección Senior de Iquique. Hasta fue nominado para representar a la ciudad en un campeonato disputado en 1999. "Era parco, casi no hablaba, pero bueno para las patadas", comenta un ex compañero. "Una vez llegó con el pelo teñido y todos lo molestamos", señala Alexis Moreira, ex camarada suyo en "El Esfuerzo".

Dos vendedoras de una feria cercana recuerdan que siempre iba vestido de jeans y poleras blancas ceñidas, peinado prolijamente e impecable. "Le echábamos tallas por su buena pinta, pero no pescaba", comenta una locataria. Otras veces lo divisaban en su auto, estacionado en una esquina durante horas, como agazapado, o conduciendo en dirección a la pampa, escuchando música ranchera.

Ninguno de sus compañeros de equipo sospechaba que los cambios en su pelo eran para ocultar su apariencia. Las locatarias de la feria tampoco supusieron que sus viajes al descampado tenían que ver con las desapariciones de seis escolares y una joven en Alto Hospicio.

Julio Pérez fue detenido en la mañana del miércoles 26 de agosto, conduciendo su Toyota. Horas antes, una menor de 13 años denunció en la subcomisaría local de Carabineros que un hombre de sus características la había violado y golpeado salvajemente. "Soy el sicópata de Alto Hospicio", le dijo antes de abandonarla en el desierto al creerla muerta. Gracias a unas figuras que colgaban en su parabrisas y a un profundo olor a tintura de pelo, la policía pudo identificarlo.

En el calabozo, personal del OS-7 de Carabineros optó por la técnica de quebrar su resistencia mediante interrupciones sistemáticas de sueño cada media hora, encendiendo la luz e interrogándolo de imprevisto. "El objetivo era que alcanzara su punto de estrés para que hablara, por lo que al mismo tiempo se le ofrecía una mano", señala uno de los policías.

El día jueves, Julio Pérez confesó la violación de la niña denunciante, pero mantuvo un meditado silencio sobre sus restantes crímenes durante el viernes y el sábado siguientes. El domingo, conforme cundía su cansancio, reconoció su autoría en tres asesinatos y desapariciones. Enseguida, volvió a sumirse en el mutismo.

Sólo el lunes, tras más de 120 horas sin sueño, entregó detalles de cómo acabó con cada una de las siete víctimas que hasta hoy se le atribuyen, junto con dar a conocer el lugar dónde estaban los cuerpos. "Nunca lloró ni dijo estar arrepentido. Si nadie sospechó de él es porque rompía todos los parámetros del criminal prototipo", señala uno de sus interrogadores.

Procesado

En el plano judicial, la ministra en visita Eliana Ayala lo declaró reo como autor de la violación de la menor de 13 años B.N.P.

La magistrada tomó la decisión luego de interrogarlo en la Cárcel de Iquique, donde Pérez Silva habría confesado por primera vez, judicialmente, el delito. La jueza también entrevistó ayer a la menor, que todavía permanece en el hospital de esta ciudad.

En cuanto a las otras acusaciones contra el detenido, fuentes allegadas a la investigaciìn afirmaron que los cargos por violación y homicidio en los otros seis casos, así como el intento de homicidio contra B.N.P., se agregarán una vez que la ministra conozca los informes forenses respectivos. Además de tomar declaración a testigos como la conviviente de Pérez Silva. Hasta la tarde de ayer, la jueza Ayala estuvo tomando declaraciones a testigos en su despacho.

También se informó que, por turno, la defensa del detenido recayó en el abogado de Iquique, Osvaldo Flores Olivares.

Frío y violento con sus víctimas

La misma frialdad que mostró ante sus interrogadores ha reflejado Julio Pérez Silva durante sus primeros días recluido en la cárcel de Iquique. Según funcionarios de Gendarmería, el detenido se muestra silencioso, aunque completamente tranquilo, sin que en ningún momento demuestre arrepentimiento. Incluso, no ha tenido reparos en narrar cómo reducía y ultimaba a sus víctimas a los guardias que lo han encarado. "Lo explicaba como quién se prepara un sandwich", afirma un funcionario de Gendarmería.

Según las primeras pericias y su propia confesión, Pérez Silva elegía metódicamente a sus víctimas, sobre la base de un patrón más o menos repetitivo: se trataba de muchachas delgadas, morenas y casi todas de cabellos largos, a quienes vigilaba durante días antes de decidirse a actuar.

Su anzuelo era ofrecerles llevarlas a sus casas o a escuelas como taxista "pirata" y por unas monedas. Cuando las menores ingresaban a su vehículo las amenazaba con un cuchillo y las trasladaba hasta los alrededores de Alto Hospicio.

Antes de violarlas, las golpeaba hasta dejarlas inconscientes. Luego, atadas de pies y manos, golpeaba reiteradamente sus cabezas con piedras hasta provocarles la muerte. Finalmente, las cubría con sacos en basurales o las arrojaba a piques mineros abandonados.

Casi la totalidad de las menores reflejan una aplicación de brutal violencia orientada a causarles la muerte. De hecho, varios de los cuerpos presentaban los cráneos destrozados, además de fracturas en costillas. En contraste, las extremidades sólo presentaban lesiones menores, en varios casos producidas por las mordazas.

Julio Segundo Pérez Silva aparentaba ser un ser amable y cariñoso con sus seres queridos.

 
 

Las víctimas

De acuerdo a la investigación de la jueza, las víctimas de Julio Pérez Silva, asesinadas entre el 12 de septiembre de 1998 y el 23 de agosto de 2001 son:

  • Viviana Garay, 16 años.
  • Katherine Arce, 16.
  • Patricia Palma, 17.
  • Macarena Montesinos, 15.
  • Macarena Sánchez, 14.
  • Laura Sola, 15.
  • Gisela Melgarejo, 36.
  • Angélica Palape, 45.
  • Deysi Castro, 16.
  • Sara Gómez, 18.
  • Graciela Saravia, 18.
  • Ornella Linares, 16.
  • Angélica Lay, 24.
  • Ivonne Carrillo, 15.
 

 

 
 
 
 
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